La vida de las cosas

La vida de las cosas / La vie des choses

Cortometraje documental -  19’45”  Francia 
 - 2013  -



Por Emmaüs, un centro de reciclaje a las afueras de París, pasan cada día miles de objetos. En este lugar viven y trabajan personas, que al igual que los objetos, provienen de todas partes del mundo y traen con ellos todo tipo de historias. Situada en la Europa del siglo XXI, que deshecha todo y a todos los que aparentemente ya “no sirven”, La vida de las cosas habla, a través de los objetos, sobre la vida de las personas que han sido marginadas por esta sociedad.
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Sobre el cortometraje: 


Cadáveres que resucitan
Por Álex Ayala Ugarte

Con su primer trabajo documental, La vida de las cosas, Juan Gabriel Estellano nos da a entender que los objetos, que las “cosas”, no hacen ruido únicamente cuando caen. Para ello, se adentra en el fascinante mundo de los Traperos de Emaús, una comunidad en la que los abrigos, los muebles o los electrodomésticos usados son como los gatos: tienen siete vidas. Los trabajadores de Emaús, exiliados, sin papeles o sin techo, almas sin espacio en la sociedad individualista del siglo XXI, tocan los objetos aparentemente inservibles, esos cadáveres que son víctimas del consumismo voraz que se ha instalado en la mayor parte de los países desarrollados, y los resucitan, recordándonos que no hay que dar una “cosa” por muerta sin que le hayamos realizado antes los primeros auxilios.
Los personajes que nos presenta Estellano en su trabajo viven en Francia y hablan francés, un idioma que combina muy bien con la filosofía. Ellos practican la filosofía casera, quizás la más profunda de todas las filosofías. “Algunos cambian de muebles como quien cambia de look”, dice uno de los protagonistas. Otro relaciona su tabaco de liar con la guerra de Afganistán y el papel para enrollarlo con la deforestación amazónica y la economía. Y en la transición de un objeto a otro —porque Estellano usa las “cosas” para movernos a través de los distintos escenarios de su corto—, uno se topa con historias llenas de carga emotiva, como la de un refugiado ruandés que adquirió una máquina de coser simplemente porque le recordaba a su madre y no tenía fotos de ella.
Guitarras que vuelven a sonar como el primer día, libros que son únicos porque están llenos de anotaciones en los márgenes, porque están impregnados con la memoria de sus anteriores dueños, o cajas que están repletas de clavos y tornillos reciclados son la excusa perfecta para que el realizador nos muestre lo importante que es poder contar con una segunda oportunidad sobre la tierra. “No todo el mundo tiene dinero para pagar un segundo refrigerador, un segundo televisor o un segundo armario nuevos”, señala otro de los seres extravagantes que se mueven cada día por las instalaciones de Emaús como el Minotauro por su labertinto, consciente quizá de que todo lo que rehabilita se convierte en una tabla de salvación para los que tienen que llegar a fin de mes con poco.
Los objetos, las “cosas”, son a la vez en Emaús la representación de muchos lugares, de muchos tiempos, de muchas personas que poblaron —que a lo mejor siguen poblando— habitaciones, barrios, pueblos y países. Y Estellano nos sumerge en todas estas realidades disímiles sin utilizar fuegos de artificio, tocando siempre los resortes adecuados, regalando al espectador momentos tan cotidianos como imprescindibles.