La vida de las cosas
Por Emmaüs, un
centro de reciclaje a las afueras de París, pasan cada día miles de objetos. En
este lugar viven y trabajan personas, que al igual que los objetos, provienen
de todas partes del mundo y traen con ellos todo tipo de historias. Situada en
la Europa del siglo XXI, que deshecha todo y a todos los que aparentemente ya
“no sirven”, La vida de las cosas habla, a través de los objetos, sobre la vida
de las personas que han sido marginadas por esta sociedad.
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Sobre el cortometraje:
Cadáveres
que resucitan
Por
Álex Ayala Ugarte
Con su primer trabajo
documental, La vida de las cosas, Juan Gabriel Estellano nos
da a entender que los objetos, que las “cosas”, no hacen ruido
únicamente cuando caen. Para ello, se adentra en el fascinante
mundo de los Traperos de Emaús, una comunidad en la que los abrigos,
los muebles o los electrodomésticos usados son como los gatos:
tienen siete vidas. Los trabajadores de Emaús, exiliados, sin
papeles o sin techo, almas sin espacio en la sociedad individualista
del siglo XXI, tocan los objetos aparentemente inservibles, esos
cadáveres que son víctimas del consumismo voraz que se ha instalado
en la mayor parte de los países desarrollados, y los resucitan,
recordándonos que no hay que dar una “cosa” por muerta sin que
le hayamos realizado antes los primeros auxilios.
Los personajes que nos
presenta Estellano en su trabajo viven en Francia y hablan francés,
un idioma que combina muy bien con la filosofía. Ellos practican la
filosofía casera, quizás la más profunda de todas las filosofías.
“Algunos cambian de muebles como quien cambia de look”,
dice uno de los protagonistas. Otro relaciona su tabaco de liar con
la guerra de Afganistán y el papel para enrollarlo con la
deforestación amazónica y la economía. Y en la transición de un
objeto a otro —porque Estellano usa las “cosas” para movernos a
través de los distintos escenarios de su corto—, uno se topa con
historias llenas de carga emotiva, como la de un refugiado ruandés
que adquirió una máquina de coser simplemente porque le recordaba a
su madre y no tenía fotos de ella.
Guitarras que vuelven a
sonar como el primer día, libros que son únicos porque están
llenos de anotaciones en los márgenes, porque están impregnados con
la memoria de sus anteriores dueños, o cajas que están repletas de
clavos y tornillos reciclados son la excusa perfecta para que el
realizador nos muestre lo importante que es poder contar con una
segunda oportunidad sobre la tierra. “No todo el mundo tiene dinero
para pagar un segundo refrigerador, un segundo televisor o un segundo
armario nuevos”, señala otro de los seres extravagantes que se
mueven cada día por las instalaciones de Emaús como el Minotauro
por su labertinto, consciente quizá de que todo lo que rehabilita se
convierte en una tabla de salvación para los que tienen que llegar a
fin de mes con poco.
Los
objetos, las “cosas”, son a la vez en Emaús la representación
de muchos lugares, de muchos tiempos, de muchas personas que poblaron
—que a lo mejor siguen poblando— habitaciones, barrios, pueblos y
países. Y Estellano nos sumerge en todas estas realidades disímiles
sin utilizar fuegos de artificio, tocando siempre los resortes
adecuados, regalando al espectador momentos tan cotidianos como
imprescindibles.
